Durante el reinado de Felipe IV, los franceses invaden parte de Cataluña. A la llamada del monarca, sesenta y un yeclanos, dirigidos por el capitán Martin Soriano Zaplana, marchan a Vinaroz el 17 de julio de 1642 y se acuartelan en la ermita castillo de San Sebastán. Tras medio año de estancia, regresan a sus hogares sin ninguna baja. Su hondo sentimiento religioso les impulsa a subir al santuario del Castillo para dar gracias a la Virgen, ante el cuadro de Nuestra Señora de la Encarnación.

Así empezó esta fiesta antigua y nueva, moderna y tradicional. Sin milagros, ni sangre, ni batallas. Con la máxima sencillez. Y así se viene repitiendo cada año, desde hace tres siglo y medio, como un acto de gratitud y amor, entre el tronar pacífico de unos recios arcabuces.
En 1695, un franciscano anónimo trae la imagen de la Virgen del Castillo, costeada por la Cofradía de la Purísima, que había sido fundada cuatro años antes. Esta imagen se convertirá en la Patrona de la ciudad de Yecla.

Desde 1711 se regula la fecha de la Bajada de la entonces Villa. Con la interrupción de quince años en el uso de la pólvora, el rey Carlos lII, ante las súplicas unánimes de los yeclanos, declara, por Real Provisión de 25 de septiembre de 1786, que Yecla quedaba exenta de lo que era una probibición general, y en ese mismo año, el 15 de noviembre, son aprobadas las primeras ordenanzas de la fiesta; las actuales, establecidas dos siglos despues, en 1986, solo incorporan pequeños añadidos o retoques, sin modificar para nada el rito esencial.